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El Desarme y la Paz
Bahá'í International Community

El Desarme y la Paz
Declaración oral presentada al Seminario Regional para América Latina y el
Caribe (ECLAC) en preparación del Año Internacional de la Paz
Tema 3 del programa
Organización de las Naciones Unidas, Nueva York
27 de febrero de 1985



Gran parte de lo que decíamos ayer al debatir el tema de la «Preparación
para Vivir en Paz» se aplica asimismo al tema de esta sesión, «El Desarme
y la Paz». Porque, ¿cómo podemos separar el logro de la paz mundial del
logro del desarme general y completo?
El documento distribuido por la Secretaría de las Naciones Unidas indica
algunas medidas adoptadas por las Naciones Unidas, tanto internacional
como regionalmente, para detener la carrera de armamentos. Revela, además,
en forma bastante clara que la carrera de armamentos sigue aumentando y
que, en consecuencia, parece predominar tanto sobre América Latina y el
Caribe como sobre el resto del mundo un ambiente de desastre inminente. En
este contexto, un extracto del documento del Seminario examinado ayer en
relación con la «Preparación para Vivir en Paz» — un extracto de la
Constitución de la UNESCO — parece sumamente pertinente: «Como las guerras
comienzan en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres que
han de construirse las defensas de la paz». Por lo tanto, parecería que
ninguno de nosotros puede evadir la responsabilidad de por lo menos
«desarmar» nuestros prejuicios, que suelen hallarse en la raíz de nuestra
incapacidad de llevarnos bien los unos con los otros en las familias, las
comunidades o en los planos nacional e internacional. La otra cara de la
moneda, desde luego, está constituida por las medidas que los gobiernos
pueden adoptar para promover el desarme general y completo y lograr una
paz duradera en este planeta.
Teniendo esto presente, la Comunidad Internacional Bahá’í participó en los
dos períodos extraordinarios de sesiones de la Asamblea General dedicados
al desarme. En una declaración titulada «La Promesa del Desarme y la Paz»,
preparada para el primer período extraordinario de sesiones, se afirmó que
«el desarme general y completo de las naciones del mundo exige … que los
gobiernos y los pueblos aumenten su conciencia de la unicidad orgánica de
la raza humana». (Ayer se abundó en este punto). A continuación expresamos
la otra mitad de nuestra opinión:
«El desarme requiere, además, la creación de una federación mundial, con
los órganos necesarios para administrar con justicia en nombre de todos
los gobiernos y pueblos. En opinión de los bahá’ís, la salud tanto del
estado-nación como del mundo en su conjunto seguirá afectada hasta que
todos los gobiernos accedan a establecer un órgano supranacional de ese
tipo, una institución facultada para controlar — y eliminar gradualmente
— la desunión entre las naciones».
Y continuamos, diciendo:
«Un órgano mundial de ese tipo debe tener a su mando armas y fuerzas
armadas suficientes para prevenir que una nación ataque a otra o, si
ello ocurre, para someter al agresor, y todos los países conservarán
sólo armas suficientes para mantener el orden interno. Sólo entonces
resultará imposible una guerra mundial devastadora y se detendrán
prontamente las guerras limitadas. Los países se unirán para resolver no
sólo los problemas mundiales de la educación, la alimentación, el
empleo, etc., sino, además, las cuestiones fundamentales de la moralidad
internacional, el derecho y el orden público, sin las cuales no puede
haber paz duradera».
Los extractos recién citados ilustran las razones de la participación de
los Bahá’ís en las actividades de las Naciones unidas para lograr el
desarme, más recientemente en la Campaña Mundial de Desarme. Sin duda que
dicha campaña se verá reforzada par las muchas actividades a escala
mundial en nombre del Año Internacional de la Paz. Nuestro Consejo
Internacional ya se ha dirigido a nuestras filiales de todo el mundo
alentándolas a hacer todo lo posible por participar durante el Año
Internacional de la Paz en actividades que ayuden a cambiar la conciencia
de los pueblos de todas partes, de manera que esta nueva conciencia pueda
crecer como la levadura hasta llegar a ser tan dominante que los gobiernos
del mundo consideren que la voluntad popular es un mandato para abolir sus
arsenales de guerra y traer la paz.
En la misma declaración, distribuida ampliamente durante ambos períodos
extraordinarios de sesiones, reconocimos que el camino hacia la paz
mundial no era fácil. Además, que desde luego correspondía a los gobiernos
nacionales la responsabilidad de prevenir la guerra y buscar maneras de
unir y desarmarse hasta lograr un acuerdo político, lo cual representaría
la primera etapa de la paz mundial. Y dimos a conocer un breve extracto
pertinente de los Escritos Bahá’ís: «En la actualidad la tarea que
corresponde a los grandes gobernantes es el establecimiento de la paz, ya
que en ello se basa la libertad de todos los pueblos.»
Seguimos diciendo que, en definitiva, sin embargo, es también tarea de
toda persona:
«…mediante una conciencia de su verdadera naturaleza de servidor de un
Creador y de miembro de una familia humana, cumplir la voluntad divina
de llevar a todos los pueblos la armonía y la paz, liberando al planeta
de la pobreza y la guerra. En esta segunda etapa — de auténtica unidad y
paz mundial — el bienestar individual y social se expresará en una
civilización que refleje los valores espirituales de amor, compasión y
justicia».
La creación de un orden mundial basado en la justicia y en la unidad de
todos los pueblos ha sido la meta de la Comunidad Internacional Bahá’í
durante más de un siglo. Hoy en día, representando a diversos sectores de
la humanidad, en más de 160 naciones independientes, los miembros de las
comunidades Bahá’ís, leales a los gobiernos nacionales bajo los cuales
viven, procuran constructivamente hacer adelantar la sociedad hacia esa
conciencia mundial que ha de servir de base a la paz definitiva y a una
civilización mundial.
En las comunidades bahá’ís de toda América Latina y del Caribe, los
bahá’ís están dedicados cotidianamente, cualquiera que sea la actividad
que realicen, ya sea en su hogar o en la comunidad, a tratar de
transformar sus actitudes y valores, a desarmar sus prejuicios, a rechazar
las costumbres y los votos tradicionales superados. Independientemente de
su sexo, edad, nacionalidad o antecedentes religiosos están tratando de
poner en práctica orientaciones claras y permanentes. Saben que el desarme
no es un problema sólo de nuestros tiempos, sino que ya se consideraba que
la carrera de armamentos era una etapa superada de la evolución humane en
el siglo pasado y en los primeros años del siglo XX.
A comienzos de este siglo, el hijo del Fundador de la Fe Bahá’í,
‘Abdu’l-Bahá (de cuyos escritos citamos ayer), dejó muy en claro el punto
de vista bahá’í sobre el desarme:
«En virtud de un acuerdo general todos los gobiernos del mundo deben
desarmarse simultáneamente. No bastará con que uno deje sus armas
mientras los demás se nieguen a hacerlo. Las naciones del mundo deben
concordar unas con otras respecto de esta materia tan importante, de
manera que puedan dejar de lado juntas las armas mortíferas de la
matanza humana. Mientras una nación aumente su presupuesto militar y
naval otras naciones se verán obligadas a participar en esta alocada
competencia como consecuencia de sus intereses naturales y supuestos».
Teniendo presente lo anterior, la Comunidad Internacional Bahá’í ha
acogido con beneplácito la mayor participación de las Naciones Unidas en
el logro del desarme general y completo. Ello no equivale a decir que la
acción unilateral no sea también importante, ya sea que se trate del
desarme o el desarrollo. Sin embargo, el carácter mundial del problema del
desarme es innegable.
Incluso ya en 1875 ‘Abdu’l-Bahá expresó la tragedia de una carrera de
armamentos asombrosa en un libro sumamente interesante titulado El Secreto
de la Civilización Divina. Decía lamentándose:
«Cuántos miles han dejado su trabajo en industrias útiles y trabajan día
y noche por producir armas nuevas y más mortíferas que derramarán la
sangre de la raza en forma más copiosa que antes. Cada día inventan una
nueva bomba o explosivo y entonces los gobiernos deben abandonar sus
armas anticuadas y comenzar a producir las nuevas, ya que las armas
antiguas no pueden hacer frente a las nuevas ... El costo abrumador de
todo ello corre a cargo de las infelices masas».
Sin embargo, en el mismo libro está la respuesta básica para nuestros
tiempos, y el aliento que se halla en el extracto con el que desarmamos
concluir esta declaración inspire a la Comunidad Internacional Bahá’í y a
sus filiales de todo el mundo para seguir participando en los esfuerzos
humanos par lograr el desarme y la paz, promovidos y coordinados en forma
tan ardua por las Naciones Unidas.
En cierto sentido, este extracto pertenece al pasado, al presente y al
futuro. ‘Abdu’l-Bahá escribe:
«La auténtica civilización desplegará su bandera en lo más central del
corazón del mundo cada vez que un número de sus soberanos distinguidos y
de mente elevada — los ejemplares brillantes de la devoción y la
determinación — en aras del bien y la felicidad de toda la humanidad, se
levanten, con decisión firma y visión clara, para establecer la Causa de
la Paz Universal. Deben hacer que la Causa de la Paz sea objeto de
consulta general y procurar par todos los medios a su alcance establecer
una Unión de las naciones del mundo. Deben concertar un tratado
obligatorio y firmar un pacto cuyas disposiciones sean sólidas,
inviolables y definidas. Deben proclamarla a todo el mundo y obtener
para ella la sanción de toda la raza humana. Esta empresa suprema y
noble — la fuente real de la paz y el bienestar de todo el mundo — debe
ser considerada sagrada por todos quienes habiten la Tierra. Se deben
movilizar todas las fuerzas de la humanidad para lograr la estabilidad y
la permanencia de este Pacto Supremo. En este Pacto, que lo abarcaría
todo, deberían fijarse claramente los límites y las fronteras de todas
las naciones, establecerse en forma definida los principios en que
habrían de basarse las relaciones de los gobiernos entre si y
determinarse todos los acuerdos y las obligaciones internacionales.
Asimismo, debería limitarse estrictamente el volumen de los armamentos
de todos los gobiernos, por cuanto si se permitiera que aumentaran los
preparativos bélicos y las fuerzas militares de cualquier país se
despertarían las sospechas de los demás. El principio fundamental en que
se basa este Pacto solemne debería fijarse de tal manera que, si
cualquier gobierno infringiera posteriormente cualquiera de sus
disposiciones, todos los gobiernos de la Tierra hubieran de levantarse
para reducirlo a la sumisión total, más aún, toda la raza humana debería
resolverse, con todas las fuerzas a su disposición, a destruir a ese
gobierno. Si este el mayor de todos los remedios se aplicara a todo el
cuerpo enfermo del mundo, con toda seguridad se recuperaría de sus males
y seguiría siendo eternamente salvo y seguro».
Obsérvese que si se llegara a esta situación feliz ningún gobierno
necesitaría acumular permanentemente armas bélicas ni sentirse obligado a
producir armas militares cada vez más nuevas con las cuales conquistar a
la raza humana. Sólo se requeriría una pequeña fuerza a los efectos de la
seguridad interna, la corrección de los elementos criminales y
desordenados y la prevención de los disturbios locales, nada más. De esta
manera toda la población, en primer lugar, se vería aliviada de la carga
aplastante de los gastos que actualmente se imponen a los fines militares
y, en segundo lugar, un gran número de personas dejaría de destinar su
tiempo a la continua invención de nuevas armas destructivas — esos
testimonios de la codicia y del carácter sanguinario, tan inconsecuentes
con el don de la vida; en lugar de ello destinaría sus esfuerzos a la
producción de todo aquello que propicie la existencia humana y la paz y el
bienestar, y pasaría a ser causa del desarrollo y la prosperidad
universal. Entonces todas las naciones de la Tierra reinarán con honor y
todos los pueblos vivirán en tranquilidad y contentos.
Unos pocos, desconociendo el poder latente en la conducta humana,
consideran que ello es sumamente impracticable, incluso más allá del
alcance de los mejores esfuerzos del hombre. Ello no es así, sin embargo.
Por el contrario, merced a la gracia infalible de Dios, la bondad amorosa
de Sus favorecidos, la actividad sin rival de almas sabias y capaces, y
los pensamientos e ideas de los dirigentes sin par de esta edad, no hay
nada que pueda considerarse inalcanzable. Se requiere esfuerzo, esfuerzo
incesante. Sólo una decisión indomable puede tener posibilidades de
lograrlo. Hay muchas causas que en el pasado se consideraron meramente
visionarias; sin embargo, hoy en día han pasado a ser sumamente fáciles y
practicables. ¿Por qué habría esta Causa suprema y elevada — la estrella
diurna del firmamento de la auténtica civilización y la causa de la
gloria, el adelanto, el bienestar y el éxito de toda la humanidad —
considerarse imposible de lograr? Con toda certeza llegará el día en que
esta hermosa luz alumbrará al conjunto de la humanidad».



Documento BIC #85-0227S
Traducido del original en inglés



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